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La hora.

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La hora pico. El tránsito de automóviles va perfecto, como ya es la diaria costumbre: 8.3 kilómetros por hora; además, cuento con cuatro minutos de adelanto. A pesar de que es una vialidad sin cruces, detenerse completamente unas cuantas veces por medio minuto no es novedad, pero ya van ocho minutos en alto total. Todas las calles que alcanzo a ver tienen autos paralizados que quieren entrar a esta vialidad porque es la única entrada a la mayor concentración de oficinas de la ciudad, nadie busca salirse porque eso significaría resignarse y regresar a casa con el consiguiente descuento económico del día. Uno que otro desubicado reparte inútiles claxonazos a nadie, probablemente para distraer al tiempo y retrasarlo en su eterno viaje. Los pasajeros se bajan de los taxis para irse caminando a paso veloz; ¡vaya rabia que se les nota a los taxistas!, sus clientes los han dejado ahí atorados. Estamos aquí detenidos, atrapados mutuamente por nuestros coches. Han pasado ya treinta minutos sin avanzar ni medio metro, por fin apago el motor, quito la música y busco una respuesta en la radio: nada al respecto. Después de una hora de estar en la parálisis vehicular, algunos se suben a los techos de sus vehículos para observar al gris horizonte y averiguar de qué se trata, a parte de lo evidente, sin novedad; les tomo fotos para mandárselas a mi jefe y así convencerle de mi retraso; le llamo: —No, por aquí no ha pasado nada; no tardes. —me dice en un tono frío y cuelga.

Dado el fracaso de la búsqueda en las noticias radiofónicas, busco en el Internet, las redes sociales siempre tienen respuestas. ¡Vaya sorpresa! Ya circulan fotos y videos tomados por los que se encuentran atorados hasta delante del paro: se ven personas muertas, ensangrentando la calle y obstruyendo el camino; hay rumores de que se les atravesó un camión para impedirles el paso, los bajaron de su camioneta a balazos, intentaron correr y ahí quedaron a medio arroyo vehicular, bien agujereados; se dice que los que presenciaron tal horror, entre la confusión y el miedo total provocado por la balacera, abandonaron sus carros en pleno paso vial para salvarse. A casi cinco kilómetros de lo acontecido, después de una larga fila de autos, estoy yo; detrás de mí hay fácilmente otros cinco kilómetros más de coches. Me preocupan demasiado los muertos; no quiénes son, ni cómo llegaron ahí, sino el porqué nadie los quita del paso para que podamos avanzar. Ganas no me faltan de dejar donde está estacionado mi carro y seguir mi camino corriendo. Me van a descontar el día.

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Datos.

  • Fecha:
    2011.
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