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El Ociado.

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I

A una hora de Tierra Mojada, por la carretera libre que va al centro, se encuentra un pequeño pueblo conocido por los del rumbo como El Ociado (a sus habitantes les hacía tanta gracia que los extranjeros lo llamasen así, que ellos mismos terminaron llamándole como los demás lo hacían). Es un lugar ventoso, polvoriento, huele a hierba, es árido y muy frío, para llegar a él hay que desviarse diez kilómetros al oeste, por la vereda que precede al monte azul. Se encuentra entre dos pueblos, El Airoso y San Juan del Soplo.

El Ociado debe su nombre a los millones de detalles casi imperceptibles que tiene. Todas sus calles están empedradas con pequeñas rocas de río negras, lisas y brillantes que están grabadas quirúrgicamente con grecas; algunas de estas piedras son más grandes que las demás, se trata de mayates finamente esculpidos, hay que acercarse mucho a estas rocas para poder apreciar sus diminutos detalles. En el interior del pozo, aunque nadie lo ve, hay mosaicos con imágenes de serpientes trenzadas formadas por piedras blancas y negras. Las casas no se quedan atrás, las paredes tienen altorrelieves muy detallados, como si se tratase de pequeñas catedrales churriguerescas bajitas, bajitas, cuyos motivos son de temáticas bíblicas que no se repiten, tampoco se repiten los estilos artísticos de casa en casa, eso sí, todas conservan un trazo arquitectónico uniforme: ortoedros encalados de dos aguas entejadas, de un solo piso, con ventanas amplias y cuadradas. Los interiores de todas las construcciones (las ciento veintisiete casas, las dos tiendas, la escuela primaria, el centro de salud, el panteón, la iglesia y el palacio municipal) también están llenos de arte en donde se les mire: paredes y techos pintados al fresco, pinturas de caballete, elaborados trazos de tintas sobre la pared, esculturas de seres fantásticos que emergen de cualquier superficie… El ojo fino se sorprenderá con los miles de adornos inesperados en la vía pública: esculturas que van desde un tamaño colosal hasta miniaturas que surgen de la abundante hierba como zombis, murales que parecen escenografías de películas, flautas gigantes y minimalistas de formas humanoides que con el viento cantan melodías interminables… es un pueblo hecho para ser caminado, y con cuidado para no maltratar nada.

Innumerables estilos plásticos distintos adornan El Ociado. Los hay con trazos inocentes y torpes, como elaborados por infantes; pasando por lo mediocre, burdo y simplón; hasta lo más exquisito tanto en su ejecución como en su contenido, como si los hubiese trabajado Miguel Ángel (me atrevo a afirmar que todos los estilos artísticos en la Historia del Arte se pueden encontrar en este lugar). Todas las creaciones tienen la misma importancia para sus habitantes, soy yo, el extranjero, el que le ha dado más valor artístico a ciertas piezas. También es de notar que no hay fronteras al interior del pueblo: no existen bardas o cerraduras; ninguna obra está firmada y varias piezas con el mismo estilo, evidentemente elaboradas por las mismas manos, se pueden encontrar en cualquier punto cardinal del lugar.

Se trata, entonces, de un pueblo de artistas empíricos y anónimos que llenaron con sus obras todo lo que se puede mirar, literalmente. Por más cotidianos y simples que sean los objetos, todo tiene detalles artísticos, todo.

II

El domingo 18 de enero de 2004, un día claro y frío, a las 13:47 horas, el chino (como es conocido en el pueblo por su peculiar cabello) terminó de pulir una pequeña escultura de cuarzo que acabó el día anterior, se trataba de una mariposa eclosionando, la cual medía unos tres centímetros cúbicos y pendía de un hilo para ser colgada, fue elaborada con ayuda de un microscopio con adornos florales. Salió de su casa, un poco despeinado, con un suéter tejido a mano por su hija menor en el que se veía un gallo colorado cantando, pantalones de vestir grises con finas líneas verticales negras y zapatos desgastados de piel negra labrada a mano. Caminó con cuidado, con un ojo agudo, volteando de un lado a otro, observando detenidamente, buscando un espacio libre para colocar a su criatura cristalina, en su casa ya no cabía. Fue por todo el pueblo, muy despacio, lo recorrió completo dos veces, de pe a pa, ¡no encontró un pequeño lugar para colocar a su pequeño insecto sin que tapase a otra obra! Techos, paredes, esquinas, suelo, plantas, señales, cables de luz, cuerdas que van de un techo a otro para adornar el espacio aéreo de objetos colgantes, los cuales hacen que haya más sombra que luz del sol en el suelo, todo, todo hasta la frontera con los otros dos poblados estaba ya ocupado. (El Ociado tiene una frontera física construida por los habitantes de los pueblos vecinos, se trata de una pequeña barda de medio metro de altura y que fue edificada para que no invadieran sus terrenos con las obras nacidas del ocio). El chino decidió regresar a casa y colocar su brillante mariposa en la mesita para pulir, era el único lugar donde no taparía a otra pieza.

Desde el momento en que Doña Melisa (ama de casa, entregada con amorosa devoción a su familia) colocó su última creación en la vía pública, hasta un segundo antes de que el chino terminara de pulir su mariposa, fue la época de oro de El Ociado, todo lleno de detalles: esculturas diseñadas para las aves, para los perros, para que el aire pase a través de ellas y las haga bailar, para que los niños se suban en ellas; pinturas en todas partes y de todos los estilos; era el pueblo en sí una obra de arte, llena, exquisita. Si a una sola persona se le asignara la tarea de clasificar todas las piezas, necesitaría de siglos para poder llevar a cabo tan inmensa empresa.

Lo mismo que le pasó al chino, le ocurrió a otros habitantes que iban terminando obras nuevas, no sabían en dónde colocarlas.

III

Se organizaron muchas juntas para decidir qué hacer con el exceso de obras, ya que todos estaban de acuerdo en que no era justo que unas piezas taparan a otras. Mientras las juntas durasen, los habitantes aceptaron la propuesta de dejar de producir piezas nuevas, para no tensar más las cosas.

En el atrio de la iglesia colocaron una carpa y sillas para cada uno de los representantes de las ciento veintisiete casas, con asistencia obligatoria. «Será como en la Cámara», dijeron. En frente de las sillas colocaron un podio y un micrófono para desde ahí defender o atacar las ideas para resolver tan asfixiante problema. Muchas propuestas surgieron, escribo aquí las que más me gustaron.

Para hacer más espacio, fueron tres las ideas fuertes: crear un mundo subterráneo para vivir y que las obras se quedaran en la superficie; construir un amplio edificio de muchos pisos que sirviera como museo; abandonar todos el pueblo y fundar otro para empezar de nuevo, pero esta vez asegurándose de que sus fronteras sean mucho más alejadas del centro. Llegaron a la conclusión, después de dos días de intensos debates, de que tarde o temprano este nuevo espacio se saturaría y se llegaría nuevamente a esta misma situación, por lo tanto sería aplazar el problema.

Fueron dos las propuestas de renovación: dejar de restaurar las piezas antiguas para que el tiempo, el sol y la intemperie las matara; y crear obras únicamente con materiales que duren hasta cinco años. Diez días duraron los debates de estas ideas, finalmente concluyeron que sus creaciones no tenían por qué seguir el ciclo de la vida, ellas tenían la capacidad de poder desafiar a la muerte y permanecer vigentes durante cientos de generaciones, además su valor era más que artístico, era antropológico, ya que las piezas hablaban de sus creadores y de su contexto social e histórico.

Dos ideas de carácter restrictivo se plantearon: la primera fue poner un límite de obras por persona al año, dos horas duró el debate, el que hizo tal propuesta se convenció de que no es posible limitar la creación. La segunda fue dejar de crear piezas plásticas e inclinarse por la creación de las otras artes que ocupen menos espacio, como la música; fue entonces cuando todos los habitantes mostraron una selección de sus otras piezas artísticas caseras, algunas de ellas eran inéditas para las demás familias: películas rodadas en El Ociado, partituras y grabaciones de música original, libros escritos a mano con historias fantásticas, bailes propios del lugar transmitidos de generación en generación… quince días duraron estos debates porque la propuesta sirvió de pretexto para hacer una improvisada muestra artística en el pueblo. Finalmente concluyeron que hay ciertas ideas que requieren ser plasmadas en un baile, otras en una canción, en un libro, en una película… Las ideas que requerían ser plasmadas en una construcción arquitectónica, en una escultura o en una pintura, no podían transmitir lo mismo si se traducían a otra arte, sería como traducir una iglesia a una danza.

Dos fueron las propuestas de diseño que se expusieron: una era crear esculturas y pinturas únicamente de materiales transparentes, de tal manera que se pudieran apreciar las dos al mismo tiempo, sin que una tapase a la otra. La segunda fue crear esculturas que pudieran contener secretamente a otras, como las muñecas rusas. La suerte de estas ideas se resolvió en un día de debates, presentaron problemas parecidos a las anteriores: no todas las ideas requieren el mismo material transparente para transmitir lo que se desea o ¿por qué iba a encerrarse una obra que fue ideada para ser libre?

Yo mismo me animé y sugerí dos propuestas. La primera fue deshacerse de las creaciones de menor calidad artística y quedarse con las más sublimes. Acepté la derrota de esta idea cuando me explicaron que comparar el arte es inútil, ya que el hacerlo provocaría que se establezcan cánones estéticos para delimitar qué es arte bello y qué no lo es, como consecuencia de esto todas las piezas se parecerían y perderían su originalidad, ya que el arte sublime estuviera enmarcado en este canon.

La otra propuesta que les hice fue de desprendimiento: vender o regalar las obras a otros pueblos, para que se independicen de sus creadores, además de que tuvieran mayores ingresos económicos. Los ofendí con esta idea, jamás se habían imaginado tal cosa. Fui cuestionado: ¿cómo sería posible regalar lo ya regalado al pueblo y deshacerse de lo que no es de alguien en particular sino de todos en general?, ¿cómo estar seguro de que lo regalado sería considerado con el mismo valor en otro lugar cuando yo mismo le daba más valor a ciertas piezas? ¡Jamás venderían por unos cuantos pesos sus obras que consideraban invaluables y permitir que se les dé un trato inadecuado sólo porque sus dueños creerían que les pertenecen! Además me hicieron saber que estas creaciones las hacen desinteresadamente para la comunidad y por el puro gusto, porque ellos obtienen sus ingresos por el cultivo del campo de las hectáreas vecinas, las cuales ya tampoco tienen espacio para más obras artísticas, en fin, aunque no lo entienda bien a bien, la oposición fue unánime.

IV

Las juntas se extendieron más de lo que cualquiera pudo haber imaginado, un año y ninguno encontraba la solución al problema. Las ganas de seguir produciendo obras plásticas no se podían reprimir, todos sabían que los demás seguían produciendo en secreto, obras que cuando se resolviera el problema pudieran salir a la luz.

Poco a poco las piezas nuevas fueron arrinconando a sus creadores al interior de sus casas, reduciendo su espacio vital hasta llegar al límite. Fue inevitable seguirlas escondiendo y discretamente empezaron a salir a las calles las nuevas creaciones anónimas, tapaban a otras pero nadie levantó la voz ya que todos contribuían al problema, incluido el cura que era un experto creador de alebrijes y el presidente municipal que disfrutaba de hacer coloridas máscaras y con ellas antropomorfizar las cosas. Las juntas se seguían celebrando y no hallaban ninguna solución.

Pasaron cinco años más y el problema ya era inaceptable, ¡no tenían espacio para vivir y todos seguían secretamente produciendo! Hubo quien se arriesgó a dejar las piezas del otro lado de la frontera, pero aparecían destruidas al día siguiente, temían que los atascasen también a ellos. Caminar por cualquier lado se volvió una tarea de alta concentración, era como visitar el corazón del santuario de la mariposa monarca donde, por más cuidadoso que uno sea, no se puede andar sin lastimar algo: agacharse para no golpear lo que está colgando tanto en los interiores como en los exteriores, evitar recargarse en cualquier lado para no dañar los altorrelieves, andar dando zancadas cuidadosas para encontrar un lugar libre para colocar los pies. En ese hermoso lugar ya no había espacio vital, no cabía uno estando de pie derecho, se tenían que adoptar posiciones incómodas para no afectar nada. Estar ahí se sentía como estar ahogándose.

Tanta creación fue su destrucción. No tenían ningún interés en deshacerse de sus hijos y mucho menos en dejar de hacerlos. Poco a poco dejaron de ir representantes a las juntas. Como si se tratara de una operación hormiga, sus habitantes se fueron yendo de El Ociado, de uno en uno hasta que no quedó nadie, esparciéndose por el estado. Vivir ahí era ya imposible, los hijos expulsaron a sus creadores. Se llevaron todo lo que pudieron, sin importar la autoría, mediocridad o belleza de las obras: pinturas de caballete, esculturas, retablos, adornos de mesa, muebles tallados… (Sin lugar a dudas, las casas de los ex habitantes de El Ociado, en donde sea que se encuentren actualmente, están saturadas de cosas de alto valor sentimental). Sólo dejaron lo que estaba empotrado, lo cual, aunque sea menos de un décimo de lo que llegó a tener, se ve mucho más barroco que las más famosas catedrales churriguerescas del planeta y harta fácilmente la mirada de los turistas, mismos que poco a poco se están llevando de forma ilegal recuerdos de su visita a esta población (lo más sencillo de llevarse son las piedras talladas fijadas al suelo), pronto será un pueblo fantasma cualquiera si no se toman cartas en el asunto.

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Datos.

  • Fecha:
    2014.
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