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El grito eterno.

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I

Martes.

Un eco metálico en el oído izquierdo, repentino, parecía que escuchaba por medio de una defectuosa bocina de teléfono. Era molesto pero podía vivir con él; el trabajo y las ocupaciones, no podía faltar… el próximo fin de semana iría al doctor. Desde entonces, sin darme cuenta, iba a escuchar cada segundo menos, muy lentamente.

Jueves.

Ya no escuchaba bien lo que me decían. Giraba la cabeza para escucharlos con el oído derecho, con el izquierdo oía ya como al cincuenta por ciento; “saliendo de las clases, voy al médico”, pensé espantado. Al acabarse la jornada, ¡ya no escuchaba absolutamente nada del lado izquierdo!; de no ser por aquél lejano zumbido, muy leve, ya nada. Mi amiga Pera recordó que una amiga suya recomendaba mucho al médico equis, fui, me acompañó ella. Al llegar con el otorrino, esperé a que me atendiera. Iba a que me sacara el cerumen y santo remedio. El consultorio era viejo, había una fuga que había podrido ya la parte de la pared de madera en la que rebotaba el agua para después caer en el lavabo. Aquél hombre viejo insertó una jeringa no muy delgada dentro de mi oído izquierdo y dolorosamente lo llenó de agua a presión y sentí que el agua me saldría por la nariz y lo destapó en un momento y todo el cerumen cayó junto con el agua en aquella vieja bandeja de plástico azul que sostenía junto a mi cachete que tenía la forma redonda del carrillo; inmediatamente después tomó un pedacito de algodón y lo apelmazó e insertó con ayuda de unas delgadas y filosas pinzas y sentí las pinzas dentro de mi oído, muy dentro, muy dentro para secarlo. ¡Demasiado dolor, demasiado temor! Si me movía, aquellas delgadas pinzas podrían causarme un desastre y repitió el proceso con el otro oído.

—Listo. Ya pasó, ni duró tanto; ahora debe escucharme perfectamente —me dijo.
Me tapé el oído derecho.
—A ver, hábleme de nuevo —le respondí.
Vi sus labios moverse y no lo escuché.

Me recetó unas gotas óticas cada doce horas y me mandó a hacer unos análisis clínicos. “Si no escucha en tres días, regrese”.

Todo el camino a casa me la pasé metiéndome el dedo al oído para limpiarlo, no pude esperar a llegar a un lugar privado. Preocupado, esperaba milagrosamente que se me destapase el oído. Como cuando te entra agua y se destapa de repente.

Viernes.

Disimulé con mis alumnos y me giraba para escuchar lo que me decían y no notaron mi sordera total de un oído.

Quería parecer distraído en los lugares muy ruidosos para ocultar mi secreto. No quería contarle a nadie porque me negaba a ser un discapacitado. Cuando me habló mientras caminábamos entre claxonazos y gritos y demás ruidos de tianguis:
—¿Ahorita adónde vas?
—¿Perdón? —Giré la cabeza para escuchar lo que me decía, como si fuese de especial interés.
—¿Ahorita adónde vas? —Buscó mi oído izquierdo de nuevo, era el más cercano.
Permanecí en silencio unos segundos. Como pensando lo que iba a responderle. En realidad estaba buscando un pretexto; al primero me pasé disimuladamente de su lado izquierdo, para escucharle.
—¿Qué? —le contesté.
—¡Que adónde vas ahorita! —me gritó y no era necesario porque ya le oía. Me pareció ver en su cara una expresión de que ya no le importaba mi respuesta…

El zumbido aumentaba paciente y constante e imperceptiblemente. Mientras estaba en la calle dejaba de escucharlo. En realidad, los demás sonidos que percibía mi oído sano lo cubrían. Al entrar a mi casa y con toda mi soledad, de repente lo escuché muy aguda y fuertemente: piiiiiiiiiii… Jamás me había percatado de la diferencia de decibeles que hay dentro y fuera de mi hogar. El fuerte zumbido ocupaba ahora el lugar del silencio habitual, dejé de escuchar música por su culpa; cualquier música me desesperaba, en especial los tonos agudos que lo potenciaban hasta sentir que me taladraban el oído.

Al acostarme a dormir y al pensar en que sólo me quedaban dos días de los que me había dicho el médico y al no percibir mejoría alguna, empecé a llorar solitario. Jamás había llorado de frustración, una sensación completamente nueva. Lo nuevo siempre enriquece. “¿Perder el oído prácticamente de la noche a la mañana y sin sentir dolor?, ¡imposible! Y no me había expuesto previamente a sonidos fuertes. ¿Y cómo podía ser?”. Y seguí pensando y me quedé dormido…

Sábado.

Cerca de las cinco de la mañana desperté, el zumbido se había vuelto insoportable: había dejado de zumbar y ahora era desesperante y se había transformado en un grito femenino y pálido y aterrorizado y agudísimo y ensordecedor y chillante y destructor y enloquecedor y eterno. A decibeles destructores, aquella me gritaba cerca, muy cerca del oído. Y ya no pude dormir, culpa del grito, y yo sentí que me reventaría el tímpano. Desesperado y frustrado y triste; lloré, lloré en lugar de descansar. No sabía si era el grito o mi sordera lo que me causaba aquél gran temor.

Después de recoger los resultados de los análisis, fui a ver a otro especialista del oído antes de concluir el plazo que el primer médico me señaló. ¡No pude esperar más! El tiempo casi no avanzaba y lo que había avanzado no me hacía mejorar y sentía que se hacía tarde para empezar un tratamiento formal. Tras unas cuantas preguntas y una examinación y una ojeada a los resultados de mis análisis clínicos, me mandó a hacer más análisis, análisis exhaustivos de todos los estudios del oído que existen.

II

—Sordera súbita, no tiene cura… —sentenció el médico mientras escribía. Aquella dama de blanco, invisible, aterrorizada y pálida, no dejaba de gritarme, ¡ella había triunfado!, con un solo grito inagotable me había arrebatado un oído. Así, tajante y sin suavizar nada y sin tacto alguno y mirando al papel me dio la nefasta noticia. Seguía hablando pero ya no me importaba, hasta que dijo: “…respecto al zumbido… el zumbido jamás cesará…” Sangre helada me recorrió de la cabeza a los pies. ¿Por qué no me miraba el muy canalla?; sin embargo, esperaba que me diera la estocada final: “son dos mil pesos”, no la dio, él no se atrevió, me cobró su secretaria. ¡Vaya rabia que sentí contra él!, ¡contra él!, ¡maldito!, lo maldije por darme la noticia.

El grito que oigo es causado por un virus. Se adquiere principalmente al usar audífonos infectados. A pesar de que el 37% de la población lo tiene sin saberlo, sólo a uno de cada diez millones le produce malestares menores en un oído, a uno de cada treinta millones en los dos y a uno de cada doscientos millones le produce molestias que afectan su calidad de vida. No tiene cura, intervenirme el oído interno empeoraría las cosas, entre otras porque me afectaría el equilibrio para siempre. —¿Qué le intervenimos si no sabemos cómo curarlo? No sabemos dónde exactamente está alojado el virus. Las medicinas que existen son sólo paliativos que lo atontarían para reducirle su percepción. Ni siquiera sabemos si se trate de un virus, la evidencia con la que contamos nos hace suponer que…—. Me dijo el mal doctor. ¿Por qué yo?, ¡habiendo tantos! Además, en casos muy remotos, el grito se puede extender al otro lado. Aunque los sonidos que oiga provengan del lado derecho, retumban en toda mi cabeza; no sólo es el zumbido que escucho, es principalmente el tremendo dolor de cabeza permanente que eso me ocasiona. Ni aunque me tape el oído izquierdo, ni aunque me lo quite, ni aunque…

Me enfurecí y me desesperé y me frustré y me lloré.

Al llegar a mi casa, tan silenciosa, y al escuchar más insoportable que nunca aquél grito que nadie más escucha; que ni para respirar se detiene; que sabía me iba a acompañar desde entonces para siempre lloré más fuerte que nunca y me derrumbé en el suelo, inconsolable y solitario. Y aquella seguía gritándome.

Incrédulo, fui con otros médicos y todos coincidieron. ¡Maditos todos!

III

Después de algunas otras pruebas médicas, supe que aún me dejas escuchar los sonidos muy fuertes del lado izquierdo. Del otro, audición perfecta. En la práctica, sólo escucho la mitad de todo.

Aún me desespera la idea de no escuchar prácticamente nada de un oído más que tu grito enloquecedor: tu grito de terror, inagotable joven blanca. Me haces sentir muy solo, no puedo ir a lugares ruidosos porque el ruido hace que me grites más fuerte, insoportable. ¡Grítale a los demás también! Y hace muchos años que evito a los alumnos cuya voz es chillona y dejé de oír la música y ni la tele y ni voy al cine… soy un huraño y un irritable porque no me dejas dormir cuando estoy cansado y me volviste un mal maestro…

Cuando el ruido exterior calla, el interior es un escándalo. Sólo una cosa queda ya que me causa curiosidad: cuando estoy en un lugar muy silencioso, como mi casa, del lado izquierdo me oigo a mí mismo. Escucho mi corazón latir y mi saliva tragar y cuando algo como un peine roza mi cabello y cuando me lavo la boca me es muy molesto el ruido generado y no puedo comer nada crujiente porque el escándalo es insoportable y…

IV

No me soporto más, ¡no me dejas escaparme de mí! ¡Maldita tú! Me impides leer y me impides concentrarme y me has aislado. Tú eres yo. Y sólo pienso en mí y sólo me escucho a mí y no puedo conmigo mismo más. ¡Tú eres yo! Años y jamás me he acostumbrado a que me grites eternamente al oído tan fuerte y tan cerca. ¡Ojalá que te quedes sin aliento y que te mueras, dama mía! No, mejor no; si mueres me llevarás contigo… a pesar de todo, esto también es vida.

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Datos.

  • Fecha:
    2011.
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